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El oficio de ponerle dulzura a la pobreza

Pieza comunicacional escrita por Aldana Badano en el marco del Taller de Producción Periodística de la Licenciatura en Comunicación Social (UNER).

La venta de garrapiñadas como forma de subsistencia

El oficio de ponerle dulzura a la pobreza
Carlos Matta es un vendedor ambulante de Paraná


Es un hombre de 60 años, delgado, morocho y sonriente. No aparenta la edad que tiene, comenta que nadie sospecha sus años. Viste un jean, una gorra con visera y una remera mangas cortas, pese al frío. Está acompañado por una mujer y tres niños, su familia.
El diálogo empieza mientras él baña con azúcar maníes en una olla de cobre.


—¿Dónde naciste?
—Nací en Buenos Aires pero me crié en La Paz, Entre Ríos. Nací el 12 de abril pero estoy anotado el 12 de noviembre porque recién ahí mi mamá me pudo anotar en La Paz—refiriéndose a su inscripción en el Registro Civil—. Pero yo soy porteño, nací en Casa Cuna, en Buenos Aires— actualmente Hospital Pedro Elizalde—. Soy el único de mis hermanos que nació allá. No soy entrerriano, me gusta el mate pero más me gusta el café— sonríe mientras revuelve la olla en la que el azúcar comienza a adherirse a los maníes, mutando su color de blancuzco a amarronado.

—¿Cómo fue que empezaste a vender garrapiñadas?
—La verdad no tenía el sueño de ser garrapiñero, esto se dio así—dice autodenominándose e identificándose con su oficio —.
Este carro lo hice gracias a un cura que me regaló las chapas. Yo compré las varillas para hacerme el techito que tengo. Gracias a eso empecé a trabajar—la  reiteración de la palabra “gracias” forma parte de su discurso al momento de referirse a quienes lo ayudaron—.
Al principio no sabía hacer garrapiñada, la tenía que tirar porque era puro caramelo, un masacote. Pero bueno, aprendí. Porque yo siempre digo: “si el hombre no sabe hacer nada, no sirve para nada”, algo tenés que saber hacer. Ahora hay mucha gente viviendo en la calle y yo les pregunto: "¿ustedes qué saben hacer?" y algunos no saben hacer nada —comenta sorprendido y hasta indignado. Si le das una pala, no saben hacer un pozo. Ojo, yo tampoco sabía hacer un pozo, pero aprendí—dice orgulloso.

—¿Por qué elegiste este lugar?¿Es una estrategia de venta?
—Me puse a trabajar en la peatonal porque me di cuenta de que en los barrios la gente te pide cosas y muchos te roban. Yo soy solidario, pero tampoco quiero que me anden robando, por eso me instalé acá. Además los viernes y sábados son los días en los que más vendo en la peatonal. Los domingos me voy a los eventos deportivos.

¿Desde hace cuánto que vivís en Paraná?
—Trabajé en Buenos Aires hasta 1987. Ahí fue cuando volví a La Paz y en 1990 vine a Paraná—le cuesta recordar con exactitud los años y toma como referencia a los distintos presidentes de la época.

La noche cae poco a poco y la conversación fluye mientras se acaramelan lentamente los maníes. Carlos revuelve la olla de cobre con un palo que usa a manera de cuchara. El delicioso olor comienza a atraer a los compradores que intercambian $20 por una bolsita de la producción artesanal de este vendedor que los atiende con una sonrisa y un trato amable.

¿Cómo está compuesta tu familia?
—Tengo muchos hermanos, somos 12. Para colmo mi papa murió a los 38 años y dejó sola a mi mamá con un montón de hijos. Por eso yo me fui de tan chico a trabajar.
Ella es mi ex mujer y ellos son mis hijos—dice mientras me señala a una mujer rubia que aparenta ser mucho más joven que él y a tres pequeños que juegan y corren inquietos en cercanías al carrito —.
Actualmente vivo solo: ella está en la casa de su mamá con los chicos y yo, por el momento, estoy en otro lado porque tuvimos unas diferencias de pareja. De todas formas, le paso una ayuda para que compre comida y para la mantención de los chicos. Pero con el trabajo no me alcanza para nada. ¿Viste lo que está la canasta familiar ahora? —pregunta con mirada de preocupación—.

Al avanzar el diálogo, ese otro lugar en el que vive solo, resulta ser la calle. Carlos duerme en sectores del parque cuando no llueve y, cuando el agua lo amenaza, se refugia en techos de la peatonal. Parecería que quiere evitar decir que vive en la calle delante de los niños. Por eso, una vez que se retira Catalina (su ex mujer) con sus tres hijos, él cuenta más tranquilamente su situación. Dice que la niña mayor, de 7 años, no es hija suya pero que igualmente la trata como si lo fuera.  
Ya entrado en confianza comenta que tiene tres hijos más con su pareja anterior. Que uno murió de muy pequeño: “casi recién nacido”, dice Carlos con tristeza en sus ojos. Sus otros tres hijos ya son grandes y las dos hijas menores son las que más lo ayudan.

¿Hace cuánto que vivís en la calle?
—Viví en la calle otras veces, pero ahora hace dos meses que estoy sin casa. Antes vivía con Catalina y los chicos en una casa en el barrio Las Tunas, en San Benito. Ahí me había hecho un rancho de chapas y estábamos bastante bien.
Cuando el papá de Catalina murió nos dejó una casa, entonces vendimos el rancho para irnos a vivir a esa casa. Pero pasaron unos años y con ella discutíamos y peleábamos todo el día y así no podíamos seguir, así que yo dije: “mejor cada uno por su lado”. Catalina se quedó a vivir en la casa de su mamá y yo decidí irme porque no quería seguir así. Además, no me gusta que los ponga a los nenes en el medio, no me gusta cómo los trata a veces.

—¿Cómo se tomaron sus hijos la separación?
—Ahora los chicos siguen un poco afectados porque me fui y Catalina todavía no lo entiende pero ya se va a dar cuenta que es para mejor este tiempo separados. En el futuro, dependiendo de cómo estén las cosas, vamos a ver si volvemos o no. Por ahora la ayudo para que mantenga a los chicos.
Ella es jovencita, tiene 20 años, y no les presta mucha atención a los nenes. Gracias al COPNAF — le cuesta pronunciar las siglas que corresponden al Consejo Provincial del Niño, Adolescente y Familia —los chicos van a la escuela: la más grande a primer grado, la del medio al jardín de cinco y el más chico a guardería. Pero nos tienen controlados, si no cumplimos con lo que nos piden nos los pueden sacar. Y a mí me rompe el corazón porque yo los quiero, pero no puedo hacer mucho más que lo que hago desde acá. Porque para vivir con ellos y ofrecerles algo a mis hijos tengo que tener un trabajo estable, esto no me lleva a nada—dice señalando con la mirada al carro de garrapiñadas.
El mes próximo tenemos una audiencia con una jueza que va a evaluar cómo sigue la situación. Pero si Catalina no se pone las pilas y le demostramos a la jueza que estamos bien, ya está… nos sacan a los nenes.

—¿Recibís algún plan social o ayuda económica?          
—No, nada, nada. Y eso que lo podría hacer.
Estoy iniciando el trámite para una pensión pero desde el año pasado que voy y vengo pero siempre me dicen que mañana, que pasado y así te tienen a las vueltas los políticos. Y hay que darle de comer a los chicos, está bien que el gobierno ayuda, pero yo no vivo del gobierno, yo vivo de mi trabajo. Porque creo que hay que vivir del trabajo honradamente y a mí me gusta lo que hago. 
Pero a veces no tengo qué comer, porque no me alcanza la plata, entonces como en los comedores comunitarios. Si no alguna changa puedo hacer, como cuidar autos en frente al Casino—refiriéndose al Casino Mayorazgo ubicado en Avenida Luis Etchevehere, en el Parque Urquiza de Paraná—También hay mucha gente que me da una mano, yo hice amistades en la calle.

Si bien Carlos enfrenta una situación de pobreza, su condición actual es de indigencia. Según el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), quienes no pueden comprar la totalidad de productos que componen la Canasta Básica Alimentaria son considerados indigentes. En esta categoría son incluidas las personas que mensualmente no perciben un ingreso mayor a $5.176. Monto al que para Carlos es imposible llegar con la venta de garrapiñadas y alguna otra changa, tal como él define sus otros trabajos esporádicos.

¿Creés que en el último año empeoraron las cosas?
—Y... yo estuve bastante bien cuando estuvo la presidenta, no es por nombrarla a ella, pero en esa época se estaba bastante bien porque yo laburaba mucho mejor que ahora —dice refiriéndose a Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta argentina que cumplió su doble mandato desde el 2007 hasta fines de 2015—  Desde que asumió el nuevo mandato se puso jodida la cosa. Yo hasta hace un año, más o menos, con este trabajo le daba de comer a mis hijos pero ahora está muy difícil. Ahora no vivo con mis hijos pero le paso la mantención a Catalina y ella cobra el plan de los chicos, eso ayuda, pero no es mucho—El plan al que hace referencia es la Asignación Universal por Hijo—.
Encima se está sintiendo un montonazo en la venta de las garrapiñadas. No solo acá, porque a veces voy a los eventos, por ejemplo cuando juega Patronato o Paraná pero no se vende mucho. Además el maní, el azúcar, la vainilla, el gas… todo está caro. Pero uno la pelea —dice con un tono esperanzador y una sonrisa que deja ver sus dientes—.

Carlos sufre su situación de indigencia al igual que muchas personas en el territorio nacional ya que actualmente el 6,3% de la población argentina vive en estas condiciones. Según el Observatorio de Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina/, la pobreza entre 2015 y 2016 aumentó en 1.5 millones de personas.

( Más información en: INDEC )

Si pudieras elegir un trabajo, ¿de qué te gustaría trabajar? 
—Si yo tuviera que elegir un trabajo, volvería a ser gastronómico. Otra cosa no, porque es lo que me gusta. Podría estar de lava copas o lava platos, también podría ser mozo de mostrador, todavía me da la cabeza, gracias a Dios. Me encantaría trabajar en blanco, tener jubilación, obra social. 

El caramelo comienza a quemarse, Carlos saca las garrapiñadas de la olla. Las desparrama sobre una bandeja de metal que está sobre el carro para dejarlas enfriar.  Las separa con una cuchara hasta dejarlas visualmente atractivas y las contempla como admirando su producción.

—¿Cuáles son tus sueños?
—No pierdo las esperanzas de que el día de mañana me voy a comprar una casa, no te digo que un caserón, pero una casita precaria aunque sea. Sobre todo para darle un techo a los chicos y que puedan vivir conmigo. Además estando en la calle la paso muy mal cuando llueve, cuando hace frío no sufro tanto porque estoy adaptado—dice vistiendo una remera mangas cortas en una jornada de 15º y mucha humedad que tiene a los paranaenses bajo camperas y bufandas. 
También me gustaría recibir una jubilación. La estoy tramitando con la ayuda de unos amigos pero es a partir de los 65 años y a mí me faltan 5 años. Ojalá Dios me de la salud de llegar, pero veremos qué pasa.

Los faroles de la peatonal comienzan a brillar en la noche paranaense. Carlos empaqueta pacientemente las garrapiñadas. Las embolsa con una cuchara y luego gira los extremos de las bolsas alargadas que contienen su producción artesanal. Acomoda en filas a los paquetes de girasol, maní con cáscara y garrapiñadas y espera compradores.


En unas horas Carlos se irá al parque a dormir con las estrellas de techo, con cartón como colchón y frazadas para calmar el frío. Sin embargo, este garrapiñero, tal como él se define, enfrenta con dignidad su situación actual. Su oficio es ponerle dulzura a la pobreza.

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